NOCHE VIEJA EN LONDRES

El pasado 31 de diciembre quedamos unos cuantos españoles para pasar la noche vieja juntos. Todos somos de la nueva hornada de emigrantes forzosos de nueva generación, o sea los que sin futuro en España decidimos emprender camino en busca de futuro.

Yo llevo en Londres unos diez meses, los demás no lo se, pero dudo que alguno lleve más de dos años aquí. Casualmente todos somos de distintas partes del país, Extremadura, Andalucía, Valencia, Murcia, etc, el único gallego soy yo, de Ourense, tierra de afiladores.

Quedamos en juntarnos en el piso que tienen compartido tres de ellos, allí nos comeríamos las uvas y haríamos piña patriótica para así sentirnos más en familia.

Demás está decir que había de todo un poco de nuestro país para comer, por gentileza de las respectivas familias y del correo. Yo aporté unos cuantos chorizos gallegos que alían a pueblo, y entre todos pusimos algo de dinero para comparar vino rioja y cava para el brindis.

Un poco antes de medianoche las risas y anécdotas fluían y todos esperábamos ansiosos el momento de las campanadas con nuestras uvas ya preparadas para el acontecimiento.

Llegada la medianoche comimos la uvas tratando de no atragantarnos y brindamos por un futuro mejor y por el nuevo año, luego vinieron los abrazos y las risas nuevamente, pero cada uno de nosotros estaba atento al teléfono móvil, esperando la llamada de los de casa. Como era casi imposible escuchar el sonido de la llamada yo metí la mano en mi bolsillo para sentir la vibración del teléfono, pero los minutos se hacían eternos y a ninguno de los presentes le entraba la llamada tan esperada.

Cuando sentí el vibrar de mi móvil casi no atiné a atenderlo de los nervios que tenía, todos me miraban y ponían sus teléfonos sobre la mesa, esperando que sonaran.

Cuando escuché la voz de mi madre diciéndome “¡Neno, feliz ano novo!” me quedé sin voz y al momento rompí a llorar “¡ Neno, ¿escoitasme?”, preguntó mi madre, “¡Sí mamá, feliz ano novo pa vostedes tamén!” le dije y pude escuchar como ella lloraba y casi no podía hablar. Luego me habló mi padre y algunos familiares que estaban con ellos, la llamada fue corta pero muy intensa.

Cuando corté la llamada levanté la vista y vi como todos los demás hablaban con sus familiares y se secaban las lágrimas como lo había hecho yo.

Pasado el momento emotivo ya la fiesta no fue la misma, ninguno de nosotros tenía ganas de seguir la juerga, todos hubiéramos dado parte de nuestras vidas por estar en casa con la familia esa noche vieja.

Cuando regresé a mi casa y me metí en cama, no pude dejar de pensar en mi gente y en el momento tan feliz y triste a la vez que había pasado. Y antes de dormirme recordé unas palabras que mi abuelo solía decirme cuando niño: “ Que nunca teñas que emigrar, meu neto, porque lexos da casa a distancia e a morriña fan o tempo moito mais longo do que xa e “.

ROBERTO GONZALEZ

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