DEL ARADO AL “V 8”

Bien es sabido que la emigración gallega en su mayoría fue del ámbito rural. La extensión del minifundio, el poco rendimiento de las tierras, el poco trabajo y el estancamiento de Galicia hicieron que sus hijos emprendieran el camino de la emigración, no importaba el lugar ni los riesgos, todo era mejor que seguir siendo esclavo de una situación que no tenía visas de mejora.

Los sueños de cada una de esas personas que decidían marcharse no eran muy distintos unos de los otros, simplemente se trataba de mejorar económicamente, juntar dinero y regresar a casa para dar un empuje a lo que habían dejado atrás.

La mayoría de esos gallegos aventureros acabaron trabajando en oficios y lugares que nunca se habían imaginado. La tan fácil fortuna no lo era tanto y el poder salir adelante era cosa difícil y complicada que nunca se decía a los que en la aldea se quedaban.

Con el pasar del tiempo la situación mejoraba. Con largas jornadas de trabajo y sin descanso las metas se iban logrando pero fueron muy pocos los que hicieron esa tan deseada fortuna que fue la meta de todos en un principio.

Los pocos afortunados se hicieron un hueco en la sociedad comercial del país de residencia y lograron tener buena casa, una familia de alta sociedad, varios negocios, inversiones y coche.

Al formar parte de la “alta sociedad” una delas cosas que a simple vista hablaba de la situación de su dueño era precisamente el coche. No podía ser cualquier coche, todo lo contrario, tenía que ser un “gran” coche, cuanto más caro mejor. Un Mercedes, un Cadillac, un Rolls Royce, de primera linea y con el mejor de los motores, un “V 8”, porque el consumo era lo de menos. Y si se quería ostentar en gran forma debería tenerse chófer, por supuesto.

Esos pocos afortunados no se codeaban con sus paisanos porque eran de poca categoría y nunca saldrían de donde estaban por mucho que lo intentaran. Así fue que amigos y familiares dejaron de serlo y otros con mucha más categoría ocupaban esos lugares aunque fuera superficialmente.

Muchas veces me he preguntado si esos gallegos querrían a su patria como los demás la queríamos, si añoraban la aldea y los campos verdes, la niebla, la lluvia, el mar y el monte. Nunca lo pude saber a ciencia cierta porque poca relación pude tener con los “afortunados” que llegué a conocer.

Y en mis adentros pensaba que a lo mejor ese emigrante que viajaba en su gran “V 8” quizás se acordaría a diario de que no hacía tantos años llevaba entre sus manos un arado tirado por las vacas de la casa familiar, haciendo surcos para sembrar la próxima cosecha que mitigaría el hambre un año más.

Arando en la aldea.

Arando en la aldea.

 

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