LAS VIVENCIAS DE SANTIAGO – 2

Nuevamente nuestro amigo  Santiago Márquez Pérez  nos deleita con una serie de relatos muy personales ( Vreves relatos autobiográficos ) que seguramente serán del agrado de todos vosotros, al igual que los anteriores.

Nuestro agradecimiento a Santiago y esperamos que disfruten de su amena lectura.

 

Sanroquiño”.

 

Un día feriado, junto a un fin de semana, en España es llamado: “un puente”.

No sé como le llamarían al “puente” que coincidía con la realización en Morgadanes de la fiesta de San Roque; así que desde Madrid, donde residía y trabajaba, viajé hasta Vigo y de allí a mi hogar: Morgadanes.(*)

Mis anfitriones (José Luis Pérez Piume y su esposa Isabel Alonso) me ofrecieron la opción de usar la cama prevista para mí en el dormitorio de su hijo o ir a dormir a la casa de al lado, lo de su suegra la señora Ester y su muy anciana madre Balbina, propiedad y hogar de la familia Pérez y Freiría durante cientos de años. Decidí por esta última .

El cansancio del viaje y el sosiego de la aldea se combinaron para que pudiera descansar agradablemente; a tal punto que fueron las campanadas de la capilla de San Roque, (a no mas de cien metros de mi cama), las que me despertaran esa mañana de domingo, además del fuerte sol de Agosto que ya entraba por la ventana.

Estar a solas con mis emociones en la misma  casa,¡esa casa!, ¡ese lugar! donde: mi madre Hermosinda , mi abuela Joaquina, mi bisabuela Isabel y su madre y sus familiares, generación tras generación vivieron…¡y  más allá de donde mis sentidos podían entender, vivieron!

Solo con mis emociones, en ese lugar y en esa mañana de verano en mi aldea. Me arrodillo al lado de la cama y agradezco a Dios por estar allí.

(*):1992.

 

“Agua de siete fuentes”.

Quizá fuera  en Primavera o en Verano, era sí en tiempo de las tardes tibias y serenas, días del aroma intenso de las florecillas de las plantas silvestres  que reverdecían junto a las acequias.

Por las orillas de esos  pequeños canales de riego que bordeaban los bancales caminábamos  los niños y sus hermanitas ya señoritas, y por esos aromáticos “carreiros”(*), íbamos hacia las fuentes, ellas, cada una, con  su  balde.

Recogíamos agua de siete fuentes, en sentido inverso a nuestro recorrido, comenzábamos por la más lejana a nuestro hogar. Ya se ocultaba el sol   y regresábamos a casa; luego de agregar agua de la séptima fuente nos deteníamos, para que las jovencitas, con la ayuda de alguna de sus madres, le esparcieran  flores y hojas de diversas plantas aromáticas sobre el agua en cada uno de los baldes. Siempre se recordaban mutuamente lo siguiente: “esta agua deberá quedar “al sereno” toda esta noche…”

Mi hermana Clarita esa mañana era la primera en levantarse en nuestra casa.

Y nosotros estábamos junto a ella, sujetándole la toalla o volcando agua de a poco en la palangana, allí debajo de la viña, junto a la puerta de la casa.

…”¡ay miña filliña, así será como terás a tua cariña sempre tenriña!”(*).

Una ancestral tradición, de madres a  hijas, para mantener terso y sano su cutis.

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(*)sendero entre la hierba.

(*)… “ ¡ay hijita mía, así será como tendrás tu carita siempre rozagante!”

 

 Bautista Salgueiro.

“El no tener un hombre en la casa”, al decir de mi madre,  o el hecho de poder dejar al cuidado de un vecino de confianza su hijo pequeño era la razón de que una de esas personas al cuidado de las cuales quedaba  era Bautista Salgueiro, el herrero de la Aldea de Morgadanes, quien tenía su taller cerca del atrio de la capilla de San Roque, en el conjunto de casas llamado “As laxes”.

Bautista era un hombre muy grande, fornido, siempre vestido con pantalón y camiseta sin mangas y un delantal de cuero. De pocas palabras, siempre con cara de “ferreiro”(*), con la marca de su oficio en el rostro, como deformación profesional.

Raras veces yo podía deambular por su taller, aunque esto era lo que más deseaba, al quedar allí junto a él y a  su momentáneo cuidado, en ese mundo para mi fascinante. Mi asignación o tarea siempre era la misma: darle aire a la fragua tirando de una cadena que pendía de la parte alta del enorme  barquín de cuero de vaca. Los fuertes golpes de la maza sobre el hierro candente al que Bautista iba modelando sobre el yunque eran sonidos familiares ya para mí. Y siempre ese recipiente de aguas turbias y pestilentes recibiendo  los metales al rojo, allí cerca de donde el trabajaba.

Mi madre tenía una amenaza en su boca, para cuando yo  decía no querer comer del caldo que ella nos preparaba:…”¡vóuche a dar da agua do ferreiro a ver si che veñen as ganas de comer!”(*). De ahí que para mí era fácil entender  de qué se trataba lo que contenían las palabras  de ella al pasar cerca de ese nauseabundo recipiente tan útil para Bautista al templar sus metales.

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(*)”..¡te voy a dar del agua del herrero a ver si te vienen las ganas de comer!”

 

 Lareira.(*)

Difícilmente haya un lugar de la casa, para  un campesino gallego, que sea más adorable que la lareira. Los que hemos sido criados “xunto a lareira”(*), mantenemos esa evocación casi sagrada respecto de ese espacio reservado, no solamente para la cocción de los alimentos y  la calefacción, sino, y es lo más evocativo, la reunión íntima de la familia, el compartir unos con otros abriendo sus corazones.¡Cuántos tesoros de la vida hemos encontrado siendo niños, abrazados a nuestra madre o en su regazo, allí, junto a la lareira!

En nuestra casa, al ser una familia de tres, cosa que en aquella época era cruelmente común, la figura central era la madre, y el padre: ausente,  desconocido, o desaparecido. Dos niños y sus madre, cada noche, tal como si fuera algo irremediable, sentados junto al fuego de la lareira: jugando con hilos de lana, dibujando en la pizarra, haciéndose adivinanzas, adiestrándose en recoger brasas caídas al suelo directamente con las yemas de sus dedos, cantando, escuchando historias fantásticas de lobos hambrientos y…¡rezando!.

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(*) Lareira: trozo de piedra rectangular de (hasta) metros 1,50 de largo por (hasta) metros 1,00 de ancho y 15 centímetros de espesor, (aprox.), apoyada , a una altura (variable) del piso, entre 40 y 80 centímetros.; sobre la cual se prendía fuego y cocinaban los alimentos  usando soportes de hierro(“trípios) o parrillas, ya fuese para cocinar o asar los alimentos.

 

O serán.

 Mamá difícilmente perdía el sentido del humor, y  quizá el secreto de ello radicaba en que nunca le escuché decir algo referido a “sentirse ofendida” por dichos o hechos de otras personas. Sí, era una mujercita agradecida y generosa que se gozaba en ver felices a los demás cerca de ella. Recíprocamente, tal como era generosa con sus vecinos más desamparados, nunca nadie demoraba en echarle una mano en lo que necesitara, ya fuesen éstos hombres o mujeres, siempre mostraban su buena voluntad para con ella o sus hijos.

En el invierno gallego, donde nos  parece que los días fuesen más cortos que las noches, las actividades familiares cobran mayor importancia que las de  fuera del hogar. Juntarse en la cocina de nuestra casa, alrededor de la lareira, varios vecinos era lo que solíamos llamar “facer o serán”.

Uno arreglaba  su calzado, el otro entretejía mimbre, una de las mujeres tejía, otra bordaba, aquella  trabajaba con el huso el vellón de la lana, otra junto a una cesta cardaba la lana ya lavada, mientras que los niños ayudábamos a realizar ovillos de lana. En un ambiente distendido y amable no podía faltar algún instrumento musical, por más pobre o básico que este fuese. En este caso la dueña de casa siempre tocaba la pandereta y animaba a los demás a cantar viejas “cantigas” con cargado sentido del humor o villancicos, de acuerdo fuese el día en que celebrara la reunión.

Trabajar juntos, realizarlo en  el hogar de esa vecina querida, sentirse acompañados, mostrar sus talentos y habilidades mientras cada uno de los participantes agregaba el fuego de su cariño a esa amistad sana y perdurable.

 

“Xasteira”.

 En nuestra familia “os de Xasteira” eran personas muy queridas y respetadas. Siempre los comentarios acerca de “Xasteira”  o algún miembro de su familia, eran expresados con gran admiración y cariño.

Eso favorecía que mi madre tuviese, entre los posibles cuidadores temporarios míos, a  este digno vecino. Su oficio era el de picapedrero y escultor en piedra,  tal como en el caso de Bautista y sus trabajos de herrería, allí tenía yo a un maestro en el noble oficio de la cantería en piedra y la escultura.

Junto a la carretera, frente al “salón do Durán”, en una ocasión este vecino estuvo durante varias semanas, o meses, trabajando  bloques de piedra. Hasta allí era llevado yo, de mañana,  para trabajar ayudando a Xasteira; él con su bondadoso carácter me indicaba como pasar el trozo de piedra de pulir, una y otra vez, por los cantos de los bloques de piedra, mojando sucesivamente en un balde con agua esta herramienta. Daba gusto ver el trabajo terminado: esos cantos vivos de la piedra lisos y suavemente parejos luego de cumplida la tarea; ¡qué rápido  se me pasaba el tiempo realizando el trabajo asignado! Entonces regresaba mi madre trayendo nuestra vaca  o un gran cesto sobre su cabeza lleno de hierba, se detenía  y preguntaba:”¿ eh, fixo ben o traballo o teu  axudante, Xasteira?”(*), a lo que este vecino, sin dejar de realizar su trabajo, amablemente le contestaba…”¡ten boa man ,muller, ten boa man!”…(*).

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(*)..”¿hizo bien el trabajo tu ayudante, Xasteira?”…

(*)…”¡tiene buena mano, mujer, tiene buena mano!”

 

  O moiño do Molón.

 Las diferentes harinas que usábamos en nuestra casa todas ellas se molían en el “Moiño do Molón. Un molino con su piedra  de accionamiento hidráulico, por medio de un fuerte chorro de agua, que caía desde una altura mayor al molino desde un canal de agua paralelo al curso del río.

Llevábamos los granos a moler allí, los transportábamos sobre el hombro, la cabeza  o la espalda, de acuerdo al peso de la bolsa y/o la habilidad del que debía transportarlo. En casa usábamos unos sacos o bolsas confeccionados con cueros de chivo u oveja,  a los que se les dejaba la parte lisa y limpia hacia el interior de la bolsa.

Hasta allí llegábamos los últimos metros caminando por un sendero pavimentado con piedras, por  la orilla alta del río y  avellanos, mimbres y  sauces, los cuales nos azotaban  la cara y dificultaban la visión del sendero resbaladizo.

A medida que nos acercábamos al molino todo era más húmedo y la neblina formada por las gotas producto del golpeteo del chorro de agua contra las paletas del eje de la piedra brotaban desde abajo del pequeño edificio. El ruido allí cerca ya era fuerte lo cual no nos permitía oír nuestras voces a medida que ya estábamos por ingresar al molino. En cuanto se entreabría la puerta golpeaba nuestro olfato el penetrante olor a mezcla de harinas descompuestas, a excrementos de ratones y a humedad; mi madre casi  instintivamente se restregaba su nariz y decía, mientras agitaba su cabeza con gesto de desagrado:…”¡ay, como fede a friaxe!(*).

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(*)”¡ay , como hiede a humedad!”

 

 Morgadanes/Morgadans.

 El lugar en el mundo donde mis padres y todos sus antepasados, mi hermanita y yo, hemos nacido y fuimos criados; (y  nosotros hasta la edad de trece y ocho años, respectivamente), es la Aldea o Parroquia de Morgadanes/Morgadans.

Nuestra Aldea junto a otras: Chaín, Peitieiros, Couso, Vincios y Villaza forman parte del ejido municipal del Concello o Municipio/Ayuntamiento de Gondomar.

Geográficamente  Gondomar está localizado como el eje de un abanico que se despliega desde el fondo del Valle Miñor por los cerros que lo circundan,  donde las Aldeas se fueron estableciendo . El Valle Miñor  es como una herradura cuya abertura da hacia el Océano Atlántico; la distancia aproximada entre la costa, donde está la Aldea de Ramallosa  y desemboca el Rio Miñor, hasta el caserío de Prado, (parte de Morgadans), en lo alto de los cerros y al fondo de esa imaginaria herradura,  no debe ser mayor que seis kilómetros. En sentido transversal, entre Vincios y Couso no debe haber más de cuatro mil metros.

Desde nuestra casa donde  nos criamos en Morgadanes,  en Gulfar, frente a San Roque, carretera de por medio, no podíamos ver el mar, sin embargo, desde la casa de tía Ana Márquez, (mi madrina) en el caserío de Cotarela, sí, desde allí se veía muy bien el mar. Los atardeceres sobre el océano son hermosos desde ese “balcón” del Valle Miñor a una altura aproximada de cuatrocientos cuarenta metros sobre el nivel del mar. La altura mayor, por allí cerca es la del monte Aloya: aproximadamente setecientos veinte metros y  en ese sector del monte abundan los caballos salvajes o”curros”.

Llueve durante muchos meses al año, aunque no tantos como en regiones del norte de Galicia, aquí estamos al suroeste y casi en la frontera con Portugal, y el clima es mucho más benigno y soleado.

En Morgadanes uno de los afluentes del rio Miñor, cruza la aldea, es un arroyo de montaña, con aguas cantarinas que va recibiendo de otros pequeños arroyuelos los aportes a su curso. Varios molinos harineros fueron establecidos  en sus orillas, actualmente quizá uno solo esté en pié o funcionando.

Llegar desde Vigo, la gran metrópoli cercana, hasta Morgadanes, es algo rápido y sencillo, diecisiete kilómetros separan la ciudad de esta Aldea.

Actualmente muchas personas viven allí y trabajan en Vigo, y otros ya residentes de  la gran ciudad tienen a Morgadanes como villa de fin de semana o lugar de descanso. Ha habido, incluso, algún proyecto de ampliar el ejido urbano de Vigo  e incluir  la Aldea en su radio, afortunadamente no ha prosperado; de todos modos, el crecimiento de la metrópolis cercana en cierta manera “fagocitó” el  ambiente puramente rural de la Aldea.

¡ Su belleza natural, se mantiene intacta, sin embargo!

 

 “Hijos de Morgadanes”.

 Antes de 1920 en la  ciudad de Montevideo ya nuestros antepasados se habían asociado y comenzado a darle forma a su “Unión de Hijos de Morgadanes en el Plata”. Es algo muy destacable que más que pensar en reunirse periódicamente para divertirse juntos, enfocaran su unidad para ayudar a sus vecinos y familiares que habían quedado en la Aldea.

De esa digna unión ha quedado como  testimonio un edificio construido en piedra de dos plantas, etc.: la escuela de Guillufe, donde generaciones de varones de Morgadanes y de Aldeas  vecinas, durante más de setenta años,  han tenido enseñanza primaria.

Una sana dependencia mutua ha marcado la relación de los “hijos de Morgadanes” con su tierra madre/ terra nai. La belleza del lugar, el tener algún familiar viviendo allá,  el recordar a sus antepasados cuyos huesos guarda el cementerio parroquial,  el regresar junto a su “Sanroquiño” en el verano para expresarle  gratitud…¡vaya uno a saber!; no conozco a ningún nacido en Morgadanes que no desee, por lo menos, regresar algún día a su amada Aldea. Uno de ellos en una feliz ocasión expresó, ( remedando  respetuosamente al pueblo judío): …”¡o ano que ven en Morgadans!”(*).

Y quizá estas palabras expresen cabalmente ese sentimiento perenne  de los que nacimos allí,  y aún  de los descendientes,  hacia ese lugar en el mundo. ¿Un lugar sagrado? ¡Posiblemente!

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(*)-…“¡el año que viene en Morgadanes!”//…”¡el año que viene en Jerusalem”!

 

Aguardiente.

 De los recuerdos de mi infancia, en cuanto a las tareas de realización anual, por su espectacularidad, impacto visual y ese algo de “cosa mágica”, pongo en lugar destacado la destilación del aguardiente/alcohol de bagazo de racimos de uvas,  para uso familiar.

En algunas tareas era espectador y en otras protagonista  principal .

Todo lo observaba con minuciosidad: los racimos muy bien apisonados dentro de un barril mediano eran cubiertos con capas de hojas de parra y tierra y luego nuevamente apisonado todo el contenido de la barrica, al año siguiente, o en el invierno, a los pocos meses, se extraía cuidadosamente la gruesa cubierta de tierra y  la capa de hojas y se procedía  finalmente a retirar de allí el bagazo con una azada de dientes, este tenía la consistencia  de un duro turrón con fuerte vaho a alcohol. En un galpón previamente adecuado para la tarea de la destilación se ubicaría el fogón  sobre el cual colocaban el alambique de cobre; a un costado de éste el recipiente de latón  por donde  pasaba la serpentina sumergida en agua y a donde se conectaba  el extremo  más fino de la parte superior del alambique, diríamos, a modo de gran tetera con su pico vertedor afinado. Llevaban hasta ese lugar barricas conteniendo el bagazo y  cada vecino tenía su turno para destilar el suyo. La tarea de destilar era ininterrumpida, luego de colocar los ingredientes dentro del alambique: algo de agua y  trozos de bagazo, se procedía a sellar la parte superior con masa preparada para tal fin y lo mismo se realizaba con su extremidad afinada y el serpentín. Se mantenía el fuego constante, tarea para la cual yo era asignado por momentos u horas.”¡Que non falte fogo rapás!”(*). Cada tanto venía el vecino diestro en la destilación, revisaba el fuego, repetía la orden y  verificaba el sabor o la fuerza de lo que, casi como un hilo invisible, caía desde el recipiente enfriador con la serpentina,  dentro de un embudo puesto en el extremo superior de una gran damajuana.

Este vecino, con gestos profesionales, realizaba esa rutina varias veces al día: acercaba una pequeña copa a la salida del serpentín, dejaba que el recipiente se llenara, lo veía como al trasluz, sobre su cabeza, dándole varias vueltas dentro de la copita y luego lo arrojaba al fuego expresando a gran voz:..”está boa rapaciño, está boa home!”(*)…y el alcohol se inflamaba en el aire provocando una apagada explosión, como una mágica llamarada.

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(*)1-…”¡que no falte fuego muchacho!”//(2)-“¡está buena muchachito, está buena, hombre!”

Alambiques haciendo  "Aguardiente"

       

Alambiques haciendo el

“Aguardiente”

 

 

 

 

 

“Andar na pedra”.

 “¡Mira  muchacho, tú de quedarte en la Aldea, andarías  trabajando en la piedra como muchos de tu tiempo, hoombreee!”

Solía acompañar a los hijos de Bautista Salgueiro, el herrero, cuando tenían que colocar explosivos en alguna cantera. Ellos tenían todos los elementos y  herramientas apropiadas para realizar la dura tarea. Calculo que algunas de estas canteras no eran mayores en su producción de piedra que lo que un camión  podría transportar en algunos viajes, ¡pero esto era lo que había!

Pacientemente y con mucho esfuerzo iban hundiendo los pesados barrenos, golpe a golpe, en lo alto del peñasco, y así realizaban unos profundos hoyos de no más de tres o cuatro centímetros de diámetro, uno tras  otro, como una gran costura alineada sobre el lomo de la piedra se preparaba el lugar para darle el preciso corte al gran bloque. Luego de tener los hoyos ya terminados procedían, cuidadosamente, a llenarlos con  el explosivo que ellos mismos habían preparado: carbón de cáscara de pino finamente molido, azufre y nitrato, todo esto  en partes  adecuadas. La  larga mecha la impregnaban con cebo muy combustible y  el polvo explosivo, colocando ésta desde uno de los hoyos a los cuales, tal como si fuesen  antiguos trabucos, le apisonaban la carga explosiva y se la taponaban con trozos de papel o de trapos como última tarea requerida. Luego llegaba bien clara y firme la orden:”¡ídeos lonxe que ven o fogo!”(*1)…,una fuerte explosión estremecía todo el terreno circundante, nosotros agazapados detrás de unos matorrales alejados esperábamos  recibir el permiso del que dirigía  el trabajo para poder acercarnos a observar la rajadura impecable que separaba el nuevo bloque del resto de la cantera.

Satisfacción en los rostros de los muchachos de Bautista; y la expresión de satisfacción:…¡”que fendeu  ben, home, ay sí, !”(*2)

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(*1)- “¡retírense que viene el fuego!”

(*2)-“¡que rajo bien, hombre, ay sí!”

 

 Matanza del cerdo.

Nosotros cuidábamos mucho a nuestro cerdo, se le alimentaba con restos de nuestra comida, ¡si es que algo sobraba!, pero, mayormente con una mezcla de harina de maíz, berzas, zapallos y varias hortalizas. También lo lavábamos y cepillábamos frecuentemente, ya que para nuestra madre al cuidar de los animales de la casa no se discriminaba a ninguno ni tampoco se llevaba por el refrán de que: “¡cerdo limpio no engorda!” Así que nuestro cerdo tenía su  habitación o chiquero, con piso de tablas y siempre sobre éstas,  paja limpia.

Sabíamos los niños que el cerdo era para ser sacrificado, era nuestra fuente principal de alimento para todo un año. La matanza se realizaba en un día de frío seco, alrededor del día de San Martín. Era todo un acertijo el dar con un día frío, pero:¡seco! No es fácil en Galicia tener días secos, con la humedad reinante todo el año. Si variaba  el grado de humedad, al  no tener más que sal  para conservar la mayor parte de la carne del cerdo, se corría el seguro riesgo de que se descompusiera y hubiera que enterrar descompuesto e inservible todo el trabajo y la ilusión de un año.

En los días de la matanza había un ambiente de alegría, mucha tensión y preparativos. Los niños éramos los encargados de recoger cerca de la ribera del río atados de “fento” (helecho de grandes hojas multifoliadas), que en esa época del año estaba seco y era muy combustible así como de fuego muy tenue y de extinción rápida. Teníamos el stock de fento ya hecho en un rincón del “eirado”o terreno contiguo a los corrales. También debíamos juntar paja limpia y muy seca de centeno. Tanto el fento como la paja se usaban para el proceso de escaldar el cuerpo y las extremidades del cerdo y era lo que se realizaba, inmediatamente después de haberle dado muerte.

Los niños, como en toda  tarea en el campo, siempre teníamos asignados trabajos específicos, en esa ocasión, ayudar a llevar la olla con sangre hasta la cocina, ayudar en la limpieza de las tripas junto al  arroyo cercano a la casa, (se le daba vuelta con una varilla de mimbre), etc.

Pero, como es razonable en todo niño, el momento más esperado era cuando nuestra madre comenzaba a preparar los ingredientes de las “filloas”, mezclando  con la sangre algo de fina harina de maíz, canela,  otras especias, pasas de uva y  piñones; luego todo esto era bien mezclado, y se freían las “filloas o filloces”, (a modo de panqueques), muy ligeramente,  con  grasa de cerdo en la sartén. Luego de espolvorearlas con azúcar (¡si es que había!), se iban colocando en montoncitos parejos sobre hojas de berza o repollo y nos las hacían llevar como un regalo, a casa de los vecinos que colaboraron ese día con la matanza  en nuestra casa, o a la casa de algún ancianito o familiar, etc.

Nuestra casa se impregnaba de los aromas de la matanza, uno recuerda el olor que desprendía el escaldado de pelos y pezuñas, el olor del interior del cuerpo del animal inmediatamente de abrirlo todo lo largo, el aroma dulce y fragante de la mezcla de especias y la fritura de las deliciosas “filloces”.

Terminábamos  esa jornada felices, todos junto a la lareira, comiendo las restantes “filloces” y comentando alguna anécdota jocosa de esa jornada; mientras  allí cerca, sobre la mesa y en la “artesa”(1) los trozos de carne y las menudencias, tripas y demás, que no habían ido a la “salgadeira”(2), nos indicaban que   aún teníamos más tarea para el día siguiente.

Por lo tanto, al día siguiente, o en los siguientes días, nos dedicábamos a la preparación de los embutidos, mientras las tripas y la vejiga seguían, infladas, colgadas del alambre de secar la ropa, secándose en el eirado.

Todo los embutidos se preparaban sólo con carne de cerdo, en casa  los preferidos eran: “as chourizas” y “as morganizas”, las primeras con  una mezcla de carne con  menudencias, especias y cebolla y las segundas algo así como un chorizo o longaniza, de carne y tocino picados fino, condimentado con especias y sal. Los embutidos se colgaban de unas cañas que pendían de los palos del techo, sobre la lareira. El primer humo  que se les aplicaba era el de hojas verdes de laurel (loureiro), que se realizaba sobre la misma lareira. Es interesante destacar que los leños, o el combustible de la lareira,  nunca era de maderos de algún vegetal resinoso a fin de no echar a perder los embutidos o la carne de cerdo colgados, durante todo el año, y expuestos, directamente, al humo de la lareira.

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(1)artesa: mesa con un cajón grande donde se preparaba el amasijo del pan  y se guardaba este, principalmente. Se usaba como mesa en la cocina.

(2)salgadeira: saladero, arcón de madera, elevado del suelo, con cuatro patas y tapa abisagrada. Allí dentro la carne era salada muy cuidadosamente y siempre mantenida cubierta con sal, todo el año, (era el “freezer” de aquellos años). En nuestra casa estaba ubicada en la bodega, en la planta baja o sótano, junto a la pared  del fondo de ésta, zona más fría  y cercana a la escalera de interior con  acceso desde la cocina.

 

 “Miña casiña meu lar”(*)

Mi hogar en Morgadans, donde nací y me crié, era una casa en Gulfar, propiedad de mi tía abuela Carmen Pérez Pérez,”Tiá Carme”,  hermana de mi abuelita Joaquina y de “Tió”(1) José; los tres  eran hijos de mi bisabuelita Isabel Pérez Freiría y de su esposo Manuel Pérez Blanco.

La casa de los Pérez,(“das Freiría”) se encontraba vacía en Viñó, pero, dado la mayor comodidad de la de Gulfar, al quedar solos en Morgadans mi madre y su hermana, junto a mi padre y mi hermanita, de común acuerdo  con el resto de la familia en Montevideo, pasaron a ocupar esa casa.

¡Todo tan soleado y alto, Gulfar era lindo para vivir allí!

La casa tenía  las características de la típica casa campesina de  Galicia; en la planta alta, y aprovechando el declive del terreno, estaban las habitaciones, la sala o living comedor, la “solaina” o terraza techada, el baño, la cocina con su despensa,  y el comedor diario, contiguo a ésta.

Se accedía a esta planta desde el camino principal, atravesando un pequeño jardín y subiendo uno o dos escalones hacia la puerta principal en la solaina, o por el fondo, directamente al comedor, subiendo desde el eirado al cual  se podía entrar mediante la apertura de un pesado portón y luego de subir una escalera de piedra salvando la diferencia de altura.

En la planta baja teníamos el corral o “corte” de la vaca , con puerta hacia el eirado, cuya planta coincidía debajo de  uno de los dormitorios,  la bodega donde se alojaban las barricas de vino y demás, con puerta hacia el camino transversal (la casa está emplazada en un esquina); y por el costado y debajo de la solaina estaba el gallinero y el depósito de lo que caía del baño. Esta era la planta de la casa en su totalidad.

La casa, salvo sobre la lareira, tenía cielorraso (faiádo), sus pisos, salvo el de la solaina, eran de tablas sobre vigas (troncos aplanados), las paredes todas de bloques de piedra “del pais”, es decir piedra de granito, abundante en la zona, de las canteras cercanas a nuestra casa. Era fácil identificar nuestra casa desde lejos en aquellos años, y nos gustaba, con mi hermanita, ponernos junto a la ventana y ver llegar a nuestra madre de regreso de sus quehaceres en el campo.

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(*)”mi casita mi hogar, mi  santuario familiar”

(1) tió: respetuosa y cariñosa manera de denominar a un anciano, fuese familiar o no. Entre vecinos se acostumbraba a  llamar, normalmente,“Tió o “Tiá”, así afectuosamente, a las personas  mayores. Era un honor ser llamado de esa manera.

Antigua casa de aldea gallega.

Antigua casa de aldea gallega.

 

 

 

 

 

 

 

Mi madre.

 

Hermosinda Pérez Pérez, hija de Santiago Pérez Pérez y de Joaquina Pérez Pérez, nació en Viñó, Parroquia o Aldea de Morgadans, perteneciente al Concello,  Ayuntamiento o Municipio de Gondomar, en la Provincia de Pontevedra, Galicia, España. Ella nació en la misma casa  donde nació su madre y sus abuelita Isabel Pérez Freiría, de ahí que tanto a ella como a su hermana y a su madre las llamaran en la Aldea :”as das Freiría”.

Mamá era una mujer buena,  con un carácter alegre, siempre dispuesta a hacer algo por cualquier persona que ella viera que necesitaba ayuda, muy trabajadora y estricta en el cumplimiento de la palabra empeñada.

Testimonios acerca de qué tipo de persona había sido para sus vecinos  los recibí al regresar de visita, por primera vez, a Morgadans en el año 1980. Recibí tantos regalos para ella, de aquellos vecinos que habían sido tratados de la manera descrita más arriba, que tuve que usar una bolsa de las de papas y adecuarla  para poder traer a Montevideo los más de veinticinco kilos de regalos que ellos le enviaban. Cada día al cruzarme con alguno de ellos por los caminos o al verme por allí, se me acercaban y me hacían prometer que les llevaría su regalito para ella. Quizá un ejemplo de todo esto es lo que me pasó con la señora “Mercedes a do coello”, quién vendía pescado, casa por casa, en aquellos años tan complicados para conseguir  trabajo o comida. Esta buena vecina, ya anciana, se me acercó y tomándome de los brazos y llorando me decía:…”ay meu filliño, ti non sabes canto agradecemento teño para tua nai, na sua casa sempre había algo quente para comer, e anque o peixe que lle levara xa non  servía, ela dábame igoal, algo para comer ou para levarlle a meus fillos!”…(1)

Mi madre no había un día en que no nombrara con respeto y admiración a su abuelita Isabel. Era notoria así la influencia que esta bisabuela mía tuvo en su vida. Mi abuelita Joaquina había muerto joven, cuando mamá era  una jovencita, y  luego su padre, Santiago, así que quedaron a cargo de ella. Hemos sabido así, muchísimo de Isabel, del carácter firme, de su inteligencia y sabiduría que la acompañaron todos sus días, hasta muy avanzada edad. Ella era muy estricta con el cumplimiento de los Mandamientos de Dios y así se lo enseñó a sus nietas. Cuando los pobres pasaban por  la puerta de su casa pidiendo algo para comer, los hacía pasar,  sentar a la mesa y comían junto a ellos. (Cosa que luego vivimos en nuestro hogar, haciendo lo mismo mi propia madre). De acuerdo a la costumbre de la época, y como muestra de agradecimiento, estas personas, al término de su comida con  la familia que los convidaba, solían rezar por los difuntos de esos huéspedes generosos, entonces, abuelita Isabel les rogaba, antes que estas personas lo hicieran, que estaba bien, que por favor no rezaran “por nada del mundo”, y  le preguntaba si deseaba comer un plato más de comida o si  quería llevarse un trozo de pan para el camino. Es que en su familia eran tantos los muertos, que eso le provocaba un terrible dolor innecesario.

De la otra persona que nos hablaba  mucho mamá, era de nuestro abuelito Santiago Pérez, su padre. Ella contaba con tristeza y admiración de lo trabajador y generoso que era él, de hecho; falleció  mientras trabajaba, gratuitamente, en la realización de un profundo pozo, para  extracción de agua, en casa de unos  vecinos pobres, algo pasó con sus pulmones, se sintió mal y en pocos días falleció, no superando los cincuenta y cinco años de edad.”¿Ves esos frutales frondosos y grandes por los terrenos de los vecinos?, bueno, la mayoría de ellos fueron plantados o injertados por él, “¡bastaba que clavara una estaca de un frutal, para que ella creciera y diera fruto abundante!”…

De los varones de la familia ella siempre nos hablaba con respeto y admiración, resaltando las características positivas de ellos. Uno al escucharla se hacia de una buena idea o perspectiva de esas u otras personas. Casi siempre debíamos recurrir a las escasas viejas fotos para poder identificar a las personas de quien nos hablaba, la mayoría enviadas desde “América”, esto era Montevideo o B. Aires. Uno de esos relatos, que nos dejaba una mezcla de admiración y tristeza en cuanto a las personas mencionadas, era la descripción que ella nos hacía tanto de “Tió” José, el tio de ella, como de su propio hermano José. Nos contaba con mucha emoción cómo se había ido de su casa su hermanito, un día de verano, con una maletita en una mano y una bolsa cargada al hombro, caminando entre los maizales, dándose vuelta para saludar, cada tanto,  hasta perderse de la vista de ellas, su hermanita Carmen, su madre y su abuelita. Este muchacho tenía apenas dieciséis años, y en Montevideo lo esperaba su padre y su primo querido Joaquín, el hijo de “Tiá Carme”.

En cuanto a “Tió José”, “el que formó familia en B. Aires”, nos repetía lo que le  había escuchado, reiteradas veces a su abuelita Isabel: “él se fue para B. Aires después de estar en Montevideo, y luego de trabajar mal en la ciudad, empezó a caminar  y caminar durante varios días, hasta que llegó por unos campos, muy alejado de la ciudad de B. Aires, donde un señor lo recibió bien y le dio posibilidad de trabajar en su campo con él. Le cayó muy bien “Tió José” a ese señor, entonces, este le dijo que una sobrina suya pronto vendría a vivir con él, cosa que sucedió, y Tió José,  años mas tarde se casó con ella”.

(Esa señora es nuestra querida tia abuela: María Asorey de Pérez.)

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(1)    …”ay  m’hijito, vos no sabés cuanto agradecimiento le tengo a tu madre; en su casa siempre había algo caliente para comer, y aunque el pescado que yo llevaba ya no servía, ella igual me daba algo para comer o para llevarle a mis hijos”…

[Nota: el caminar en Verano, al sol,  con la cesta de llena pescado sobre la cabeza, desde la orilla del mar y durante cinco kilómetros y apenas  cubiertos estos con algunas hojas, al llegar a nuestra Aldea a más de cuatrocientos metros de altura, muchas veces, éste ya llegaba descompuesto, etc.]

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