LA LLEGADA

Mientras el barco estaba haciendo maniobras para atracar en el puerto de Montevideo, todos los que teníamos que desembarcar estábamos en los camarotes recogiendo maletas y bolsos para entregar al encargado de nuestra zona y así luego poder recogerlo en tierra.

Mi madre estaba muy nerviosa y por todo protestaba, nada parecía salirle a su gusto, yo mientras tanto yo me sentía un estorbo, un bulto más en toda aquella vorágine de bultos y gentes.

Cuando todo parecía estar en orden nos fuimos a cubierta, el barco ya estaba amarrado y en el puerto había mucha gente. Mi madre estiraba la cabeza para ver si encontraba entre todos ellos a mi padre, y así fue, de repente me levantó en peso y me gritó al oído: “Mira aquel de la chaqueta gris es tu padre, ¿lo ves?”. Yo le dije que si pero había tantos hombres con chaqueta gris que nunca podría saber cual de ellos era en realidad el que ella me indicaba.

La espera para desembarcar se hizo eterna, mientras tanto la gente hablaba a gritos desde el barco al muelle y viceversa, aquellos se asemejaba a una feria en las que se vendía ganado y los gritos y regateos eran el pan de cada día.

Finalmente nos dieron la orden de desembarcar, lentamente por una escalerilla muy inclinada fuimos todos descendiendo y así pusimos pie en aquella nueva tierra.

De repente de entre la gente apareció mi padre, se abrazó a su mujer y entre lágrimas y sollozos se produjo el reencuentro tan largamente esperado. Yo le miraba con desconfianza, no le había visto nunca y era mejor por mi parte quedarme al margen de tanta emoción, pero aquel hombre se agachó y de un fuerte impulso me levantó en brazos y me dió el abrazo y los besos que desde hacía seis años se había guardado.

Luego aparecieron algunos familiares que de nada conocíamos, entre todos nos dieron ese tan esperado cariño que es lo mejor que puede tener un emigrante a su llegada y despues de recoger las maletas y el baúl y meterlos en una furgoneta que mi padre había alquilado nos subimos a un viejo coche americano, propiedad de un primo, y nos mezclamos entre el tránsito de esa gran ciudad que parecía no acabar nunca.

Finalmente llegamos a nuestro destino, calle San Martín Nº 2476, en el barrio del Reducto, el que desde entonces sería mi barrio. Entramos en una vieja fábrica por la puerta de hierro gris con adornos de bronce y que en la entrada del garage lucía unas hermosas letra con el nombre de “La Bizantina”. Ya en el interior fuimos a parar a un pequeño apartamento de una sola habitación que sería nuestra casa ya que mi padre además de trabajar en dicha fábrica hacía a las veces de guardian y sereno.

La Bizantina era una antigua fábrica de alfombras que en esa época se dedicaba a la limpieza, reparación y depósito de alfombras. Allí empezaría a trabajar mi madre a los pocos días de nuestra llegada como reparadora de alfombras y allí se jubilaría muchos años despues.

La adaptación al nuevo medio fue lenta, nada se parecía a lo que yo antes había conocido, teníamos radio, el cine “Avenida” en la acera de enfrente y por la calle pasaban muchos coches durante todo el día, muchos mas de los que yo nunca había imaginado. Pero sobre todas las cosas lo que más me llamó la atención efueron las radios portátiles o de transistores que la gente llevaba en su mano y escuchaba a todas horas, una cosa nunca vista ni siquiera imaginada por un niño de aldea como yo.

A partir de entonces comenzaría otro tipo de vida para mi, con nuevos amigos, la escuela, las reuniones familiares, y las conversaciones nocturnas en la vieja cocina donde comíamos, escuchábamos la radio y sobre todo hacíamos planes de futuro que luego tardaron mucho tiempo en concretarse, porque la vida del emigrante nunca es como él se la imagina, sino un cúmulo de sorpresas.

Mi madre y yo en la puerta de "La Bizantina" a finales de los 60.

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