EL VIAJE

Fue allá por finales de marzo del año 1963, en esas fechas llegamos a Vigo mi madre, mi tío Nelson y yo con la inexorable tarea de emprender el viaje hacia un destino que solamente conocíamos porque era allí donde vivía mi padre desde hacía unos seis años y por el nombre que figuraba en el pasaje: “Destino: Montevideo”.

Para mis ojos de niño aquella ciudad era muy distinta a Orense, había muchos coches, tranvías, un ajetreo inmenso y sobre todo barcos, muchos barcos, grandes y pequeños, de una gran cantidad de colores. Barcos que se mecían lentamente sobre unas aguas oscuras y llenas de desperdicios marineros. También había muchas gaviotas, gritonas, impertinentes y desvergonzadas que se posaban sobre cualquier lugar y robaban cualquier cosa que fuese comestible. Los gritos de los marineros, las grandes cajas de madrera y sobre todo la gente que como nosotros lo miraba todo con grandes ojos y de boca abierta completaban un cuadro escénico que hoy sigo teniendo muy presente, a pesar de los casi cincuenta años transcurridos desde entonces.

 

Después de mucho andar y de mezclarnos durante horas entre el gentío vigues nos dirigimos otra vez al puerto,  con la única intención de embarcar en el vapor que sería nuestra vivienda en los próximos quince días.

 

 

Nos vimos entonces al costado de un barco inmenso, de color blanco mucho mas grande que todos los que anteriormente habíamos visto. Nos encaminamos los tres hacia la escalerilla de embarque, una rampa escalonada que subía por el lateral y previa presentación de los documentos accedimos al interior de la nave. Allí un marinero nuevamente nos pidió los papeles y nos acompañó al camarote, aconsejándonos que tomáramos referencias para así luego no perdernos dentro del laberinto de pasadizos y recordándole al tío Nelson que debería abandonar el barco cuando por la megafonía lo indicaran.

Mi madre estaba muy asustada y decía que era imposible no perderse allí dentro, sus lágrimas y sus nervios nos entristecieron al tío y a mi, entonces le dije al marinero que me enseñara otra vez el camino y así lo hizo. Cuando regresamos a la gran sala de entrada yo solo regresé al camarote sin que nadie me lo indicara y después de eso acaricie a mi madre y le dije “Tranquila mamá, que ya no nos perdemos”. Tanto el tío como el marinero se pusieron a reír e hicieron que a mi madre también se le iluminara la cara con una sonrisa.

El tiempo pasó rápido, cuando nos dimos cuenta una grave voz anunció por los altavoces que los acompañantes debían de abandonar el barco porque pronto se procedería a zarpar. Entonces mi tío me dijo que para mayor seguridad hiciéramos otra vez el camino desde la entrada al camarote así se quedaría tranquilo. Los dos regresamos a la entrada y cuando allí estábamos me dijo ” Anda tu adelante que yo te sigo haber si no te confundes”, raudo y veloz me encaminé hacia el camarote, volví la vista atrás y le vi a lo lejos , con gestos me indicaba que siguiera que el ya venía, pero cuando llegué al camarote en donde estaba mi madre llorando me di cuenta que el tío no me había seguido y que ya no le volvería a ver. Quise regresar pero mi madre me lo impidió abrazándome tan fuertemente que sentía que me asfixiaba contra su pecho. Con los años comprendí que se abrazo era el que nunca pudo dar a su hermano.

Mas tarde llamaron a los pasajeros al comedor para darles la cena y para allí nos dirigimos mi madre y yo, los marineros nos indicaban como llegar al gran comedor y en su interior se nos asignó una mesa redonda que compartiríamos con otras personas durante todo el tiempo que durase el viaje. Cuando estábamos cenando y entre medio de la algarabía, vi como unas lucecitas se movían por una de los ojos de buey, entonces le dije a mi madre que mirase, ella así lo hizo y con voz triste y baja me dijo “Ya nos estamos marchando mi niño”, sus ojos se humedecieron y ya no probó bocado en la cena.

La primera noche ella no pudo dormir y yo dormí como un lirón. Luego llegamos a Portugal ( Oporto o Lisboa ), allí subieron más pasajeros y continuamos viaje hacia Canarias, luego a Santos y Río de Janeiro, en Brasil, y finalmente Montevideo, destino de nuestra travesía y lugar de reunión familiar. Allí conocería a mi padre, quien se había marchado del pueblo cuando yo tenía solo tres años, y allí tambien comenzaría una nueva etapa de mi niñez.

Pero especialmente recuerdo de aquel viaje el siempre presente olor de pintura fresca en al barco, los plátanos verdes, mis escapadas a primera clase para ver a la gente tumbada al sol en la piscina, los mareos constantes junto con el mal estar estomacal, las maniobras de atraque siempre lentas y perfectas, la fiesta carnavalesca del cruce del ecuador, el sol intenso y el olor a sal, el día que vi el primer negro en Santos,( iba vendiendo limonada por el puerto y me era imposible sacarle la vista de encima), la llegada a Montevideo y mi madre señalándome a mi padre desde la barandilla, uno más entre cientos de personas que allí se amontonaban y sobre todo el volver a pisar tierra firme.

Algunas otras cosas mas sucedieron en aque viaje de quince días, como el día que me perdí y me buscaron tanto la marinería como los pasajeros, yo estaba mirando absorto la maniobra del barco al atracar en un rincón de cubierta, tapado por otra gente curios como yo. Y cuando dieron conmigo la paliza que me dio mi madre entre gritos y lágrimas. Otro día que un “Chistoso” me asustó intentando tirarme del barco, riéndose de mis gritos y arañazos. La primera vez que probé la Coca-Cola, en el bar del barco, a medias con mamá….etc. etc.

Debo decir también que gracias a los mareos y a lo mal que lo pasé en la travesía, perdí un montón de quilos y me quedó una fobia a subirme a los barcos que aún hoy me dura. Por lo demás me siento un privilegiado por haber vivido esta historia y haber conocido un modo de emigración que ya hoy no existe.

El Cabo San Vicente, el barco que nos trasladó de Vigo a Montevideo en 1963

 

 

 

2 respuestas a EL VIAJE

  1. theinmigrant dice:

    Historia muy tierna, conmovedora y real. El Emigrante de antes estaba rodeado de secretos y de desconocimiento de a donde iba. Asociado al gran temor de dudar si regresaría algún día y estar desconectado de toda su familia.
    Felicitaciones

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