UN GALLEGO CON PANCHO VILLA (Andrés Rodríguez Osorio)

Su nombre; Andrés Rodríguez Osorio y allá a  principios del siglo XX era un joven indisciplinado e indomable, la constante preocupación de sus padres y hermanos, ante la imposivilidad de que siguiera normas familiares ni de que se acoplara a los trabajos del campo de los que escapaba cual zorro delante de los perros. Nunca se doblegó a castigos ni a consejos ni fué capáz de acatar las órdenes de nadie.

La gran preocupación de la familia siempre fué de que acabase metido en líos y rodeado de malas compañías.

Cuando a su hermano José se le metió en la sangre el gusanillo de la emigración y emprenció  viaje a México, no tuvo más remedio que cargar con Andrés, ante la insistencia de los padres, argumentando estos de que era lo mejor, para la familia y haber si de esa forma el joven hermano se podría convertir en un “hombre de bien”, pues ellos pensaban que la distancia y las penurias de la emigración serían en antídoto para su carácter de caballo desvocado y libre.

Y allá se fueron los dos junto con otros hombres del pueblo rumbo a tierras mexicanas, dentro de un viejo barco atestado de gentes pueblerinas y asustadas , apiñadas como ganado en una gran sala dormitorio que olía  a todo menos a algo sano y decoroso.

Rumbo a las Américas

El viaje fué tremendo, entre tempestades y mareos, sueños y realidades, despues de muchos días de flotar sobre las aguas del Atlántico pisaron porfín la tierra del país que desde entonces sería su nueva patria, en la que depositaron todas las esperanzas tanto propias como del resto de la familia.

Allí se vieron lejos de todo lo conocido, solos y sin saber a donde ir, guiándose solamente por el instinto que a los emigrantes acompaña, para bien o para mal.

Así fueron a parar a una destartalada pensión, con más suciedad que clientela y la que desde entonces pasaría a ser el hogar de los dos hermanos y algunos otros acompañantes de viaje.

José gracias a sus ganas de trabajar y también a su simpatía no tardaría en hacerse con un trabajo que les permetiría pagar alojamiento y comida. Pero  Andrés a pesar de los esfuerzos para parecerse al hemano mayor, su carácter y el ser “culo de mal asiento”, poco duraba en los trabajos y acababa siempre dependiendo de José y de su dinero. Sin embargo pronto entabló amistad con gentes del país y aunque sus “amigos” no eran del agrado de José, siempre hizo oídos sordos a los consejos que se le daban y acabó andando a su aire, frecuentando cantinas y tertulias políticas lo que hacía que cada día se alejase más del hermano y se acercase a todo lo autóctono y mundano del nuevo país.

La despedida, siempre dolorosa y triste.

Quiso el destino que a José le saliera un buen trabajo lejos de donde hasta ese momento había trabajado y sin dudarlo emprenció rumbo a lo desconocido dejando a Andrés libre y solo. Cada cual por su lado siguieron distintos caminos sin comunicación alguna durante unos cuantos años.

Cuando José regresó con lo ahorrado en todo ese tiempo y con un pasaje en mano de regreso a Galicia, fué en vusca de Andrés y pese a preguntar en los lugares habituales por los que antes se movía y a algunos paisanos del lugar, nadie le supo dar noticias fidelignas ni razón de su paradero. Por último se dirigió a la vieja pensión que les acogió en su llegada, lejos de mejorar la casa estaba en peóres condiciones que hacía unos años y dudó un instante antes de atreverse a llamár a la destartalada puerta.

Tuvo que llamar varias veces antes de que la puerta se abriera, y ante él apareció la dueña, una vieja india de cara redonda y arrugada, por la que parecín haber pasado muchos más años de los que en realidad pasaron. Vestía las ropas de colorines que siempre había llevado y que le daban el aspecto de india vieja que ahora tenía. Los hojos de la mujer tardaron en reconocerlo, pero cuando lo hizo una sonrisa llenó aun de más arrugas su cara, le invitó a entrar y le preguntó por como le había ido todo durante esos años. La conversación continuó durante un buen rato sentados cada uno a un lado de la mesa.

Despues de un largo rato de charla, José preguntó a la mujer si sabía algo de su hermano, a lo que ella contestó que poco despues de su marcha Andrés también dejó la habitación que alquilaba y que según  dijo se iva a hacer la revolución con el ejército de Pancho Villa.

José no supo si creerle o nó, pero ella siguió contándole que Andrés junto con unos cuantos más del lugar  habían decidido un buen día que había que hacer algo por la patria y entonces emprendieron viaje rumbo a la zona de guerra.

Pancho Villa y Emiliano Zapata.

El corazón de José comenzó entonces a latir fuertemente y una congoja inexplicable se apoderó de él, durante un buen rato no supo que decir ni que preguntar. La mujer que se dió cuenta de su estado se lenvantó y trajo a la mesa una copa de tequíla que José bebió pensativo y en silencio. La dueña de la pensión se levantó nuevamente  y sin decir palabra alguna abrió el armario y de uno de sus cajones sacó un reloj de plata y le di jo en voz baja ” Andrés me dió esto antes de marcharse para que se lo entregara a usted si algún día regresaba”. Con el reloj en sus manos y dándole las gracias se dirigió a la puerta y salió lentamente a la calle.

Cuando llevaba andando un buen rato siempre pensando en el destino que esperaba a su hermano y con el reloj en el bolsillo derecho de su chaqueta, decidió volver a la pensión otra vez y entregarle nuevamente el reloj a la dueña. Cuando la puerta se abrió y antes de que ella pudiera decir nada, José puso en sus manos otra vez el reloj y dijo; “Guarde usted misma el reloj de Andrés, porque si algún día regresa seguro que con él podrá pagarle cama y comida durante algún tiempo”. Agradeció nuevamente a la señora el que recogiese el reloj otra vez y dándose la vuelta se dirigió al puerto donde le esperaba el barco que le haría recorrer esta vez solo, el camino que un día hizo con su hermano.

Pancho Villa a lomos de su caballo.

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Mi abuelo, José Rodríguez Osorio, regresó al pueblo y con el dinero ahorrado pagó deudas de familia y compró tierras y ganado, luego haría más viajes pero estas vez serian a Estados Unidos donde trabajó de campesino y pastor. De su hermano Andrés nada se sup0 jamás y el tiempo ha hecho que en la familia nadie se recuerde de él y algunos no sepan siquiera de su existencia tan fugáz.

Fué hace un tiempo que llegó a mis manos una vieja escritura donde el abuelo compraba la parte de la herencia a una prima de nombre Virginia y al final de dicho documento existe un anexo donde dice textualmente:

Los herederos son Virginia, José y Andrés, bien entendido que el mencionado Andrés consta como desaparecido desde hace más de cuarenta años, que no se tuvo noticias de él y se ignora su paradero y como no tiene otros herederos legítimos que D. José Rodríguez (el comprador)y Dña. Virginia Rodríguez (la vendedora) ambos se reparten la herencia de este que Dña. Virginia vende y D. José compra con la condición de que si algún día apareciese el susodicho D. Andrés se comprometen a devolverle la herencia de que se adueñan de dicho señor”.

A raíz de este documento es cuando me pongo a investigar sobre Andrés y por palabras de mi madre y de mis tíos pude reconstruir la historia hasta ahora desconocida de Andrés Rodríguez Osorio, aquel que se marchó un día con Pancho Villa a hacer la revolución y del que nunca más nada se supo.

Una respuesta a UN GALLEGO CON PANCHO VILLA (Andrés Rodríguez Osorio)

  1. ricardito de presqueiras dice:

    viva villa y viva andres .
    fuerza y onor

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