LOS NIÑOS EMIGRANTES

Cuando se habla de la emigración gallega siempre se tiene en cuenta a los adultos, hombres o mujeres, que emprendieron un camino a lo desconocido con la única esperanza de progresar económicamente y así poder salir tanto ellos en particular como la propia familia de esa pobreza endémica que lo envolvía todo en la Galicia rural de aquellos años.

Pero en esa emigración que duró demasiados años y nos marcó a todos, así fuéramos emigrantes o no, había un grupo de gente que si bien no fueron emigrantes de primer grado, sí lo fueron cuando sus padres al pasar de los años les reclamaban para así reunir la familia en el nuevo destino.

Esa gente, de la cual formé parte, era la que formábamos los niños emigrantes, esos que nos dimos de frente con una nueva realidad tan diferente a la que formaban, la aldea, los animales, los prados, los amigos y sobre todo los familiares que fueron sustitutos de padres y madres tan lejanos y muchas veces casi olvidados.

Quizás no existan cifras de los niños que emigraron para los países americanos, para los europeos y tambien para otros tan remotos como Australia.  Y muchos de esos niños que bien o mal acabamos integrándonos en el nuevo país de acogida, vivíamos entre dos mundos diferentes a la vez, uno el de la casa, siempre unido a Galicia al pueblo y a las gentes que allí quedaron y el otro el de cada día,  el de la escuela, los nuevos amigos, la nueva sociedad, la nueva forna de hablar, tan distinta a la de  España  y que sin embargo era la misma en muchos casos.

Durante largos años no formamos parte de ninguno de los dos lugares, pero finalmente, sin dejar de querer al lugar en el que nacimos nos integramos en el país que nos daba cada día la esperanza de llegar a ser alguna vez alguien de provecho.

Los padres se fueron haciendo vejos y fueron perdiendo con los años las esperanzas de regreso, los niños llegamos a mayores y formamos familia lejos de todo aquello que un día nos vió nacer. Algunos con los años regresamos sobre los pasos de nuestros padres y otros allí quedaron, en su nueva patria, esa a la que tanto debemos de agradecer.

No quisiera acabar estas palabras sin decir algo que siempre decía mi abuelo, emigrante como tantos pero que supo encontrar el camino de regreso:

” Uno nunca es de donde nace, sinó del lugar en donde come cada día”

Catedal de Santiago en el año Santo de 2010

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