ETELVINA, MATRIARCA Y ABUELA

Mi abuela Etelvina vivía en Faramontaos, pueblo en el que nació mi padre y todos sus hermanos, era de pequeña estatura, agil, nerviosa y sobre todo enérgica e impulsiva. Tenía siempre el pelo largo que lo recogía, despues de peinarlo cuidadosamente, en un moño bien apretado que le duraba todo el día sin desacerse ni aflojarse. Ese hermoso pelo, que yo ya conocí con muchas canas, fué en su juventud de un rubio intenso, laseo y suave.

La abuela lo era todo en la casa, su marido, Andrés, estaba casi siempre por las Rías Baixas de afilador y solamente se acercaba a su casa de vez en cuando, por lo tanto era ella la que ordenaba y mandaba  en los hijos y en las tareas de la casa y del campo.

Acostumbrada a trabajar de sol a sol y a sufrir en silencio las frecuentes  malas rachas era Etelvina un prodijio de madre, patrona y obrero a la vez.

Llevaba la casa con mano de hierro, sus deseos eran órdenes y a cualquiera de los hijos que no le obedeciera le castigaba a la vieja usanza o sea a golpes de mano a bara, según estuviese de ánimos.

Luchadora incansable supo siempre hacer lo que era pertinente y por eso fué que las penalidades nunca llegaron a serlo del todo y los malos momentos se llevaron lo mejor que se pudo, aunque por dentro iva la procesión.

Cuando los hijos emprencieron el rumbo de la emigración y su marido regresó a casa con lo puesto y con un montón de años y enfermedades fue ella la que siguió con el timón en las manos y llevó la nave a buen puerto.

Andrés murió un día y la dejó tan sola como la había dejado siempre, en la aldea solamente quedaba uno de sus hijos, Manuel, que despues de casarse se fué a vivir con su mujer. Entonces se quedaron ella y sus recuerdos solos en una vieja y ruinosa casa que  se le caía encima  llena de tristeza y de soledad.

Despues de unos cuantos años, los hijos que se habían ido para Montevideo y Buenos Aires y de acuerdo con los demás hermanos, deciden reclamarla a su lado y sacarla así de la situación en que se encontraba en la aldea. Fue de esa forma que ya entrada en años emprende el viaje que la hará vivir un nuevo estilo de vida y visitar  lugares que jamás soñó con llegar a conocer.

Su estancia en Buenos Aires y Montevideo era alternativa, seis meses en cada ciudad, y compartiendo casa con tres de sus hijos, sin duda fueron tiempos felices, de nuevas experiencias y de reencuentros con antiguos paisanos que en una y otra ciudad vivían y que en otras circunstancias no hubiera vuelto a ver.

A pesar de los años que tenía y de todo lo vivido nunca fue capáz de dominar su impulso de “matriarca” y su carácter fuerte y militar hacía que algunas veces entre ella y los hijos saltaran chispas, aunque ninguna de ellas  llegó a prender la llama de los malos sentimientos .

Pero la historia de Etelvina no acabaría en tan lejanos lugares, años despues de su partida los hijos deciden que regrese otra vez a Galicia y que viva en la casa de su hijo Manuel, para que así pueda acabar sus días en la aldea y según sus propios deseos,  descansar junto a los restos de su marido Andrés.

Y así fue que se cumplió lo que ella deseaba, despues de pasar unos meses de enfermedad quiso el buen Dios que se reuniera con él y se la llevó al lugar del que nadie nunca regresa, junto a su querido Andrés, esta vez para estar juntos eternamente y no separarse jamás.

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Gracias abuela por dejarnos el legado del trabajo, la honrradez y el respeto que son las señas de identidad de toda la familia.

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Curiosa "meiga" hecha con el mapa de Galicia

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