AMOR DE ALDEA

Desde muy niños fueron inseparables, vivían uno frente al otro en la vieja aldea que les vió nacer. Ella rea delgaducha y agil, su hermoso pelo rubio, cual rayo de sol y sus hermosos hojos negros hacían que la belleza fuese un plato lleno de golosinas para su inseparable compañero de juegos.
El era, como se diría comunmente, un niño de aldea, robusto y brutote, rebosante de salud y travieso. Quería a su inseparble amiga con toda su alma, era su mejor confidente y su hermana postiza. Juntos eran felices.
Con el pasar de los años y llegada pa puvertad las cosas empezaron a cambiar, nacieron las primeras vergüenzas y los primeros sonrojos, aunque la amistad nunca dejó de ser la misma, los juegos fueron dejando paso a un tipo de sentimientos distinto. El cogerse de la mano era algo tan sensual y hemoso que hacía que los dos se avergonzaran y bajaran sus miradas, fueron muchos los intentos hasta que finalmente se dieron el primer beso, se sintieron mas unidos que nunca, se quisieron más que nunca, se extrañaron más que nunca… Y así casi sin darse cuenta llegó el amor.
A las familias eso les pareció lo mas normal del mundo, era de esperar que una amistad de tantos años acabase de esa manera, las bromas se sucedian entre las dos que ya se veían sienso una sola.
Llegado el tiempo del servicio militar llegó el drama, ella no quería que él se marchara y él tampoco deseaba separarse de su eterno amor, incluso pensaron en fugarse juntos, los llantos se sucedían por ambas partes, pero finalmente llegaron a una solución que a ambos les agradaba, él se iría para América, vuscaría trabajo y casa para los dos y luego regresaría, se casarían y los dos otra vez cruzarían el mar para vivir juntos el resto de la vida.
Dada la precariedad económica de las dos familias a todos les pareció una buena solución y la mejor opción de futuro para la pareja, así que sin pensarselo más y estando todos de acuerdo todo se puso en marcha para el areglo de los papeles y la compra del billete. El destino sería Buenos Aires donde había algún pariente lejano y otras gentes emigrantes de la parroquia.
La despedida fue amarga pero llena de esperanza y de promesas por ambas partes, él le prometió que vendría por ella en cuanto pudiese y ella le juró amor eterno y fidelidad absoluta. A pesar de todo los dos corazones quedaron destrozados y tardarían mucho tiempo en sanar.
En las primeras cartas,él le contaba de lo hermosa y grande que era aquella ciudad y las perspectivas de futuro que había, decía que pronto juntaría dinero para cumplir lo prometido y que le esperase porque juntos serían muy felices en su nueva patria.
Pero los días se convirtieron en meses y los meses en años y las cartas fueron cada vez más escasas y cortas, las promesas se fueron olvidando y el amor se fue enfriando hasta quedarse en un mero recuerdo de juventud.
Un buen día llegó la noticia de que él se había casado con una mujer argentina,según se decía, de muy buena familia y de gran poder económico. El hecho trajo enemistad y riñas entre las dos familias que pasaron de ser una sola a no poderse ver.
Ella que siempre había sido fiel a su palabra se quedó definitivamente sola. Con una edad que ya no era la mejor para ir en vusca de un hombre, dedicó el resto de sus días al cuidado de los padres y hermanos y a las labores de la casa.
Los años hicieron que su hermoso pelo color oro se fuese haciendo gris y que sus hojos negros solamente reflejaran tristeza y desolación. Con la muerte de sus padres se vistió de un luto eterno, de un negro que era el fiel reflejo de su propia alma.
En un hermoso día de julio apareció en la aldea un hombre al que nadie pudo reconocer, sin mediar palabra se encaminó a una de las casas, llamó, la anciana señora que le abrió enseguida se dió cuenta de que el que allí estaba era su hijo. Entre sollozos y abrazos le metió para dentro y a gritos llamó a su marido, los tres se fundieron en un abrazo, los tres lloraron y dejaron aflorar los sentimientos tanto tiempo olvidados.
No sin vergüenza relató a sus padres las penurias de su vida de emigrante, de las noches durmiendo al raso,

Atardecer en Eiradela

malcomiendo y mendigando. De sus penurias y sus pocas esperanzas de regreso, de que todo lo que de el se contaba era mentira, de que nunca se casó, de que por vergüenza no regresó con las manos vacías, de sus muchos días de desesperación y rabia.
Finalmente les preguntó por ella, si aún vivía, si se había casado, si sería capaz de perdonarle y si debería ir a contarle su historia de desgracias y penas. Fue su padre quien le dijo ” hijo, nada hay en la vida más hermoso que ser sincero, con la sinceridad se abren los corazones”.
Entrada la noche y sacando fuerzas de flaqueza se decidió en llamar a la puerta de la casa vecina, despues de un largo rato de espera esta se abrió y la figura de una mujer apareció entre las sombras de una casa a oscuras, “¿que desea?” dijo ella con voz cansina y baja, él no supo que responder, pero finalmente dijo, “¿ acaso no me conoces ?”, y ella prestando mas atención en su cara se quedó petrificada, sin poder articular palabra alguna, ” déjame entrar, por favor, necesito hablar contigo, necesito contarte la verdad”.
Cuando regresó a la casa de sus padres era ya de madrugada, en sus ojos aún habían lágrimas y su pelo revuelto denotaba las caricias hechas por una mano llena de amor, un amor viejo, casi olvidado pero que no dejó nunca de vivir dentro del corazon de una mujer que supo ser fiel a una promesa tantos años adormecida.
Nunca se casaron, los dos se hicieron viejos viviendo cada cual en su casa, pero el verlos juntos era algo indiscriptible, se podía palpar el amor que uno por el otro sentían y lejos de parecer un par de viejos chochos eran el ejemplo a tener en cuenta por los nuevos amores de la aldea.

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