RECUERDOS Y LAGRIMAS

Le conocí por casualidad, el deambulaba por el barrio haciendo recados a unos y a otros porque al estar jubilado el tiempo se le hací demasiado largo y la casa demasiado grande. Coincidimos en la panadería de un paidaso de Coruña al que cada día íva a comprar el pan y los bizcochos.

Fué precisamente Manolo, el panadreo quien nos presentó, inmediatamente entre los dos hubo una afinidad que hizo desaparecer al instante los cincuenta años que nos separaban. Me preguntó que de donde era, “da terra da chispa” contesté y el me dijo ” pois eu son das rías baixas, de Pontevedra”. Desde entonces nos encontrábamos siempre  por distintos rincones del barrio del Reducto donde los dos vivíamos y poco apoco fuimos confiando el uno en el otro y haciendo nuestras tertulias particulares en el bar de la esquina de las calles San Martin y San Fructuoso.

Entre café y café y un día trás  otro me fue contando la historia de su larga vida como emigrante,  sus desdichas,  sus alegrías, sus amores, sus fracasos y sobre todas las cosas su inmensa y añeja soledad, una soledad curtida tras una larga vida  de soltería empedernida y enquistada en la vejez.

Yo le comtaba mi corta historia y sobre todo los planes de vida que tenía por delante,  me escuchaba atentamente y despues de un rato en silencio solemente se limitaba a decirme  “Non sufras…ti ainda es un rapaz, e a vida e muy larga e está chea de sorpresas”. A continuación los dos nos hechábamos unas carcajadas y pedíamos otro café que nos diera gusto al paladar y calor a las tripas.

Con el tiempo y muy lentamente sus historias fueron cambiando de tono y como presintiendo la llegada de su final me hablaba de su familia, de su pueblo, de los amigos de la niñez, de sus años de servicio militar, de la desgracia de tener que irse y dejar atrás todo lo que tanto quería y siempre tenía un recuerdo para sus padres, ” deixaron a vida e a saude pa podernos criar e morreron tan pobres como viviron”, decía en voz muy baja, y despues bajaba la cabeza y dejaba caer un par de lágrimas, tan saladas como el mar de sus  queridas rías baixas.

Habían pasado un par de años desde que nos conocimos y en ese tiempo había envejecido tanto que se convirtió en un anciano. Su estado mental estaba plagado de recuerdos de su gente y de su pueblo, hablaba de acontecimientos pasados hacía un montón de años como si hubiesen pasado el día anterior y hasta llegó a confundirme un día con su hermano menor. Y cada día al separarnos derramaba unas lágrimas de despedida y me daba un fuerte abrazo como si esa fuese la despedida definitiva.

Un día llegué al bar y el camarero me preguntó por el, inmediatamente el corazón me dió un tumbo, algo me decía que la cosa no marchaba bien,  corriendo llegué a la puerta de su casa, llamé una y otra vez pero nadie me abrió, no sabía que hacer, finalmente llamé a la puerta de un vecino y este me dijo que hacía un par de días se lo había lleva do una ambulancia, que estaba muy enfermo y que no sabían nada mas,  ni siquiera en que hospital estaba.

Desde casa llamé a los hospitales,  pero al no saber sus apellidos nadie me podía decir nada, finalmente fué Manolo el panadero quien dió con su paradero, estaba en el Hospital Maciel, en la ciudad vieja, y para allí me fui con toda la prontitud posible.

Finalmente pude verlo, estaba demacrádo y muy delgado, con la mirada perdida y murmurando quien sabe que cosas. Le cogí una mano, estaba helada, lentamente dió vuelta la cabeza, me sonrió y dijo en un tono muy suave  “xa sabía que no me deixarías solo no último momento…meu hirmau”.Le dije que  contara conmigo y que para eso estaban los hermanos, para cuidarse unos a otros. No me soltó la mano en ningún momento, ni pronunció mas palabra en el resto de la tarde, cuando le dije que me marchaba intentó abrazarme pero no pudo, yo le abracé a el y le acaricié el pelo, en el momento que le solté la mano me señaló con el dedo y dijo: ” ahora terás que cuidar tu dos pais, porque eu xa me marcho”.

Salí del hospital, el frío de la  noche me pegó en la cara y me sacó del estado melancólico en que me encontraba,

Aurelio, con sus noventa y tantos años, pero jnoven como siempre.

Aurelio, con sus noventa y tantos años, pero jnoven como siempre.

fué en ese instante en que me dí cuenta de que por mi cara caían dos lágrimas, las últimas lágrimas que derramé por un hermano que nunca tuve pero que siempre recordaré.

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