EL DIA QUE YO ME FUI

Apenas tenía nueve años, mi vida había transcurrido casi por completo en la aldea natal de Eiradela, todo mi mundo acababa o empezaba en la sierra, en Faramontaos o en Luintra, hasta que un buen día mi madre me dijo que pronto nos iríamos para Montevideo a vivir con mi padre, José,  que allí estaba desde hacía unos seis años.

Desde entonces todo en nuestra casa giraba entorno al viaje que mamá y yo pronto emprenderíamos. El abuelo trataba de jugar lo más posible conmigo, disfrutando cada momento porque sabía que quizás ya no volveríamos a vernos. Tío Nelson disimulaba su disgusto lo mejor que podía, pero todos sabíamos que a solas se le escapaban las lágrimas, la tía Dosinda llorisqueaba y rezaba en silencio.

Mi madre quería antes de marcarse dejar todo bien atado y estaba durante el día dándoles instrucciones al abuelo y al tío para que cuando se quedaran solos no les faltara de nada. A la tía Dosinda le encontró un sitio en la casa de unas prímas que vivían en Faramontaos quienes la cuadarían hasta el final de sus días, pero cuando ella se enteró de que se iría para el otro pueblo solamente se limitó a decir: “pra Faramontaos irei pero non pa onde tu pensas” y cual premonición a los pocos días de nuestra marcha ella se murió y fue para Faramontaos…… para panteón familiar.

El tiempo se pasó rápidamente y yo no pensaba en otra cosa que en el viaje y en que finalmente conocería a mi padre, porque apenas tenía una vaga idea de su aspecto. El viejo baúl que apareció un día en casa poco a poco se fué llenando de ropa, enseres y paquetes que las gentes del pueblo mandában a sus familiares que estaban emigrados en Montevideo y a los que hacía muchos años no veían, mi madre recolectó cartas y documentos para entregar a gentes que ni siquiera conocia, pero que finalmente llegaron a su destino.

Un buen día en la escuela la maestra, doña Celsa, les dijo a los demás niños que muy pronto yo me iría para América, algunos  me felicitaron, otros me decían que me envidiaban porque yo conocería a mi padre y ellos aún no  concían al suyo

"A Mina" el inagotable manantial de Eiradela

"A Mina" el inagotable manantial de Eiradela

, pero la mayoria no supo como reaccionar y se limitó a hecharme una mirada inquisidora que nunca llegué a comprender del todo.

Finalmente llegó tan ansiado día, mi madre me despertó muy temprano en la mañana para marcharnos de la aldea antes de que la gente se despertara y así ahorrarse un sinfin de despedidas y de llantos. El abuelo andaba de un lado para otro sin decir nada pero diciéndolo todo a la vez, la tía Dosinda ya se había despedido de nosotros en la noche anterior, pero estoy seguro de que desde algún lugar  estaba esperando a vernos pasar escondida entre las penunbras de la madrugada. El tío Nelson trataba de organizarlo todo y de darle a las cosas la menor importancia aunque su corazón estuviese a punto de estallar. La puerta de casa se abrió por última vez para mí y bajé los escalones de piedra de la mano del tío y mirando la pequeña figura del abuelo medio escondida tras la puerta de carballo viejo, miré a mi madre y por primera vez la vi llorar, el corazón se me partió en dos, pero ella al ver que la observaba se limitó a hacerme señar de que estuviese en silencio. Paso a paso nos fuimos alejando de mi pequeño mundo, en silencio, por los caminos húmedos de la aldea, unos cuantos perros ladraron pero nadie se cruzó en nuestro camino hasta que llegamos al pueblo de San Miguel do Campo donde tomaríamos el cohe de linia hacia Ourense y luego el tren hasta Vigo donde nos esperaba el barco  que nos trasladaría hasta el otro lado del océano, a mi nueva patria…a Uruguay.

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