En Eiradela, la aldea en la que yo nací, éramos una gran cantidad de niños y niñas allá por los sesenta, las edades podían variar desde los dos o tres años hasta un máximo de doce o trece, todos fuimos siempre buenos amigos y sobre todo grandes compañeros de juegos, teníamos muchas cosas en común pero sobre todas ellas había una que a casi todos nos afectaba, el tener al padre en la mayoría de los casos y a padre y madre en los menos, emigrados.
Muchos eran los hogares en que vivían los niños acompañados por la madre y los abuelos o solamente por los abuelos, eso hacía que en muchos casos, como el mío, no conocíern a su padre, puesto que este siempre había emigrado cuando los hijos eran muy pequeños, cosa que no sucedía con las madres ausentes puesto que estas habían sido reclamadas años despues por sus maridos y los niños sí se acordaban de ellas.
Los destinos de los padres emigrantes eran muy variados, algunos estaban haciendo la ruta, como se le decía a aquellos que eran afiladores y recorrían las distintas provincias españolas detrás de la famosa rueda de afilar. Otros estaban en las grandes ciudades españolas en donde había mucha industria y por ello trabajo, Madrid, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Logroño, Miranda de Ebro, Santa Cruz de Tenerife etc. Unos cuantos tenían a su padre en países de Europa, Francia, Alemania, Suiza, etc. Y los menos los teníamos en tierras americanas, Argentina, Uruguay, Cuba, Mexico, Chile, Venezuela…
La cuestión era que pocos de nosotros conocímos a nuestros padres hasta el momento en que este decidió regresar o reclamarnos para el país en que se encontraba, en mi caso no fué hasta el año 1963, cuando ya contaba con unos nueve años de edad y fué en ese entonces cuando conocí otro mundo, lejos de la aldea que me vió nacer.
Nunca supe en realidad si aquellas separaciones entre padres e hijos fueron para bien o para mal, si valían la pena todos los sacrificios que se hacían a nivel familiar con el único propósito de una mejora económica. Hoy como padre pienso en el valor de la familia y en los años en que no viví junto a mi padre y siento en mi interior un vacío que nace en la niñez y aún perdura hasta hoy, vacío que tenía que haber sido llenado por el cariño y la compañía de un padre que estaba a miles de kilómetros luchando por una mejor vida para su familia.
Los hijos de los emigrantes fuimos en su día las víctimas de una situación económica desesperada en una Galicia desangrada por la pobreza y por el minifundio enquistado desde hacía generaciones en el campo gallego. Nunca nadie pensó en esos miles de niños que vivíamos en familias desestructuradas por la emigración, nunca nadie se quejó por la situación y quizás esa fue la causa de que se mirara para otro lado y nunca hubiese ni la mínima intención de resolver el problema por parte de unos gobernantes que solamente pensaban en si mismos y en su queridísimo Franco.
El pasado ya no se puede reparar, pero desde nuestra optica actual

El afilador de Goya
deberíamos estudiar el problema para que no se vuelva a repetir nunca más.
Roberto González
Escrito por gallegosporelmundo 
Escrito por gallegosporelmundo