ALFONSO

Abril 26, 2008

Fué compañero mío de trabajo durante años, juntos compartimos buenos y malos momentos, de pequeña estatura, trabajador incansable, era el prototipo de gallego emigrante dispuesto a salir adelante costase lo que costase. No importaban las horas que hubiera que hechar conduciendo el omnibus, las hacía todas, así fué que logró su pequeño ” imperio “, una parte en la cooperativa de transportes, un taxi, una carnicería y una buena casa donde vivir. Hasta ese momento fué que compartimos nuestro tiempo, luego yo regresé a la patria y nada más supe de él.
Pero si algo me quedó grabado fué una frase que siempre decía en los momentos en que se encontraba muy bajo de moral, ” ojalá me hubiese roto una pierna antes de subir al barco que me trajo aquí ” y luego continuaba ablando de que desde su llegada no había hecho nada más que trabajar y que esa no era vida etc. etc. etc.
Despues, al poco rato ya despejado su mal humor me preguntaba con su voz nerviosa de siempre ¿ a que hora entramos mañana ? y continuaba como la hormiga con su incansable rutina de trabajo y deseos de seguir hacia adelante.
Un fuerte abrazo, Alfonso, estes donde estes siempre formarás parte de mís recuerdos.


Los afiladores

Abril 22, 2008

Los afiladores quizás sean los mejores representantes de la emigración gallega, allá por donde uno vaya se encontrará un gallego detrás de la rueda, es por eso que siempre se asocia el afilador con Galicia, a pesar de haber gentes en el oficio de muchas otras nacionalidades, especialmente en estos tiempos donde la moto y la furgoneta ya hacen que la rueda o ” tarazana “sea solamente un elemento antigüo de trabajo.
Nuestro más emotivo recuerdo para aquellos paisanos que emigraron a todo el mundo con una maleta y una rueda para ganarse el pan.


MANUELIÑO

Abril 19, 2008

Conocí a ” manieliño ” allá por los años sesenta, poco tiempo despues de nuestra llegada a Montevideo. Era una persona de baja estatura, delgado, vestía siempre con la misma chaqueta gris con que lo ví la primera vez, o así me lo parecía a mí, pero si algo de especial tenía siempre era su buen humor que contagiaba a quienes con el compartíamos algún domingo que otro en nuestra casa o en la de algun familiar común.
Según cuenta mi madre, manueliño nació en Faramontaos,Nogueira de Ramuin, y de muy pequeño se quedó huergano, sin madie que se hiciera cargo de el,finalmente fue acogido por un matrimonio del pueblo, de la saga de ” os podres “, dicen las malas lenguas que no eran buena gente. Contaba siempre él mismo que nunca le quisieron bien y que le trataron como si de un criado se tratase.
Entre golpes y malos tratos se fué haciendo hombre y tal como lo hicieran miles de gallegos, empeñándose a más no poder emprenció viaje al otro lado del mar, dejando atrás un sinfín de años de penurias y desgracias.
La vida tampoco le trató bien en Uruguay, trabajando en cualquier cosa sin horario ni descanso lo poco que hizo fué a costa de muchas horas de sudor y sacrificio en los tranvías de la ciudad como guarda.
Más tarde conocería a la que luego sería su mujer, tambien una paisana de Orense, y juntos siguieron por la senda ya trazada de trabajo y más trabajo. Dos hijos nacieron de la pareja, pero para infelicidad del matrimonio ella era un poco ” corta “, es decir que su capacidad intelectual no era la deseada y el hijo les salio ” rana “, toda su vida siempre fué de entradas y salidas a la carcel, por distintas causas, pero que todas ellas acababan siempre de la misma manera, tras las rejas.
En ese contexto fué que lo conocí yo, entre partida y partida de brisca, a las que manueliño era gran aficionado, contaba los abatares de sus dos hijos, siempre de forma muy normal y nunca tratando de dar pena de su situación. Dos días a la semana tenía que ir de visita a la prisión para ver al hijo y llevarle el paquetito con ropa comida y cigarrillos que este le exigía, aunque fuese a cuenta de que sus padres no pudieran comer como Dios manda el resto de la semana.
Para colmo de males,se quedó viúdo y en adelante él solo se dedicó en cuerpo y alma a lo único que en el mundo le quedaba, sus dos hijos.
Ya viejo y jubilado, con unos pocos pesos que cada mes le quedaron, se las pasaba del todo mal para llegar a final de mes. Muchos fines de semana trabajafa en el Centro Asturiano de Montevideo haciendo de todo, de encargado de la guardarropia, de camarero, de limpiador o de lavaplatos,lo más importante y lo único que siempre quiso fue ganar unos pesitos más para atender mejor a sus hijos.
La última vez que lo ví, fué unos meses antes de mi viaje de retorno, era el mismo que hacía veinte años, en nada había cambiado, parecía que por él no pasaran los años, lo recuerdo aún discutiendo una jugada de brisca acaloradamente pero siempre soriendo y disfrutando del momento.
Hace unos años supe que había muerto, quizás solo, no lo sé, pero si se que se fué feliz y contento de haber sido como fué y de haber luchaso por los hijos con todas sus fuerzas hasta el final.
Y si es verdad que hay un más allá, seguramente manueliño estará entre la buena gente, estre los que se merecen estar en lo más alto, pero seguro que tambien estará jugando la mejor partida de brisca de todas, esa que dura toda una eternidad.


viajes sin retorno

Abril 11, 2008

Así como lo hicimos muchos de nosotros, hubo gentes que emigraron para siempre, y cuado digo para siempre hablo de aquellos que nunca más regresaron, los perdidos, los bandonados por la suerte o las circunstancias de la vida, aquellos que por no haber logrado “nada” nunca se sintieron con fuerzas o con corage suficiente para desandar el camino que les alejó de la familia y de la aldea.
He conocido alguno de ellos, casi siempre personas solitarias y que se relacionaban poco con la comunidad gallega, encerradas en su propio mundo sin salida y con un futuro muy prevesible de trabajo y subsistencia.
Recuerdo en particular el caso de uno, no se siquiera su nombre, hombre ya entrado en años y con un acento montevideano que nada hacía pensar en sus orígenes aldeanos, su pobre vestimenta ya anunciaba su delicada situación, subió al omnibus y me dijo en voz baja – ” no tengo para el boleto, sería usted tan amable de llebarme sin pagar ” – le miré y le asentí con la cabeza, ” quédese acá cerca por si aparece el inspector”
le comenté y sí lo hizo.
Fueron pasando las paradas y poco a poco el omnibus se fué quedando vacío, entonces se sentó a mi lado y me dijo que era raro que yo no fuese gallego pues casi todos los guardas de omnibus lo eran, le contesté que yo sí era gallego pero que había venido de muy paqueño para Uruguay y por eso no se me notaba el acento, ” yo nací tambien el Lugo, me dijo, pero hace tantos años que vivo acá que ya no se bien de que sitio soy, así que somos paisanos ” y fué entonces que comenzó a contarme su historia como emigrante, una historia como la de muchos otros que simplemente se quedó en vieje de ida.
Desde el primer día, contó, en que había pisado esa tierra todo le salió mal, los familiares a los que venía encomendado le dieron el portazo por respuesta y se encontró en una ciudad grande, solo, triste y sin dinero. Aún no sabe bien como salió adelante, durmiendo en la calle y en los portales hasta que un paisano generoso le consiguió un trabajo en una obra, sin sueldo fijo, pero con la condición de que podría dormir allí entre los materiales de construcción, ” así pasé mis primeros años, de obra en obra y siempre oliendo a cemento y ladrillo “.
Nunca se preocupó de legalizar su situación, así que durante mucho tiempo no existó como emigrante ni como trabajador, las pocas cartas que pudo mandar para sus familiares hablaban de una situación inmejorable y de un pronto regreso con fortuna y un futuro próspero en la patria. Me habló de sus años trabajando de sol a sol en talleres, fábricas, cargando camiones, haciendo de albañil los fines de semana, así se le fué pasando el tiempo y así se fué olvidando tambien de escribir a casa, nunca más supo de sus padres ni de los hermanos, afrontó la vida solo ” y así me moriré ” dijo con resignación.
En un momento de la conversación yo me dirigí a el en gallego, se sorprenció que yo lo hablara tan bien, me quiso responder pero no era capaz de hilar dos frases seguidas, ” hace tanto tiempo que no lo hablo que me cuesta ” me dijo, poco a poco se fué soltando y las palabras tanto tiempo olvidadas salían de su garganta como un torrente de aguas fresca colina abajo, sus ojos comenzaron a humedecerse y en un gallego muy montevideano dijo, “perdonáme vos, estoume emocionando”, le palmeé la espalda y le comenté que eso nos pasaba a todos.
Me habló de su aldea de sus padres y hermanos de que ya no esperaba regresar y que nada de ellos sabía desde hacía décadas, que vivía solo en una casita que él mismo había hecho en un barrio a las afueras de Montevideo y que desde unos meses atrás estaba sin trabajo y ” como el primer dia ” dijo sonriente.
Cuando llegamos al fin del recorrido, se levamtó del asiento, me dió la mano y con un : ” gracias paisano, xa nos veremos alguna outra vez “, bajó del autobús y le miré marcharse lentamente, con su chaqueta gris y muy grande de talla, rumbo a ninguna parte, sin destino ni futuro, simplemente dejándose llevar por el impulso de una vida solitaria y triste.
Esta historia es una estre millones, historias de gentes que nunca regresaron y que ya nadie se acuerda de ellos, gentes que muchas veces se arrepintieron de haber tomado aquella decisión de emigrar, pero que nunca supieron tomar la de regresar, por vergüenza, por vanidad o por falta de medios.
Estos también son gallegos, olvidados, dispersos, sin familia que les recuerde ya, pero gallegos al fin, tambien ellos deben de tener su lugar en nuestra historia, tambien ellos existen y sienten esa ” morriña ” que todos sentimos, para ellos van mis recuerdos y mi deseo de que esas situaciones no se repitan más, porque nunca más haga falta salir de nuestra tierra.


La emigracion como modo de vida

Abril 8, 2008

Mi primer recuerdo es el de ir de la mano de mi padre hacia la carretera con una vieja maleta , alli los dos solos esperamos el cohe de linea que en unos pocos minutos le alejaría durante los próximos seis años. Aún puedo sentir su mano acariciando mi cabeza de niño pequeño.
A pesar de que tenía tres años, no logro olvidar el regreso a casa y el ver a mi madre llorando rodeada de unas cuantas mujeres de la aldea todas ellas vestidad de un negro triste y poco alagüeño.
Seis años despues fuimos reclamados por él. Salimos mi madre y yo, junto con un tío que nos acompañaba, de madrugada a escondidas y por unos caminos que nunca había pisado a tomar el cohe de linea a otro pueblo para así evitar las despedidas de familiares y vecinos. Todo parecía un juego y no fuí consciente de la realidad hasta el momento que el tío se despidió de nosotros en la escalerilla del barco, el Cabo San Vicente, que nos llevaría a la ciudad de Montevideo.
Allí estudié crecí y me sentí integrado totalmente con el pasar de los años. También conocía a familiares que ya llevaban en le emigración muchos años y de los que nunca había sentido hablar, antiguos pobladores de nuestra aldea y de otras cercanas que habiendo llegado nosotros nos hacían visitas los fines de semana para simplemente saber algo más de su lugar de nacimiento.
En esos momentos no comprendía lo que significaban las láqrimas que humedecían los ojos cansados y viejos de aquellas personas. Escuché historias de todo tipo, contadas unas veces alegremente y muchas otras con lágrimas en los ojos. Supe que había muchos gallegos en todas partes, que todos deseaban regresar preo por una u otra razón nunca lo hacían, siempre se dejaba para el “año que viene” que nunca llegaba.
Mis padres trabajaban de sol a sol, tratando de hacer dinero, primero para regresar a Galicia y despues para una casa, la compra de un autobús, un coche de no se cuantas manos, ahorrar, ahorrar, ahorrar…
pero siempre posponiendo el regreso a la patria que nos vio nacer.
En mis años de juventud fuí uno más de los jóvenes inquietos de aquel país, (al que quiero tanto como al mío mismo), estudié durante unos cuantos años y despues fue cuando comenzó la vida de trabajo sin tregua que desde niño me enseñaron en casa y a la que siempre me inculcaron valorar lo suficiente como para siempre sentirme orgulloso de lo que hacía.
Allá por los años setenta y tantos me casé con una “criolla” y juntos seguimos el camino siempre duro de emprender nuevos retos, tuvimos dos hijos, yo trabajaba un montón de horas en el omnibus y ella en una fábrica de zapatos, pero supimos salir adelante. Compramos una casita en donde apenas cabíamos, pero era nuestra, luego con los años un seiscientos (fitito), con el que salíamos a pasear los días que el trabajo nos lo permitía, que eran muy pocos, despues la cosa se fué poniendo fea y sacando fuerzas de flaqueza decicí hacer las maletas y regresar al lugar donde años atrás había salido.
Otra vez a comenzar y otra vez a sentirme emigrante en mi propia tierra. Nos situamos en Barcelona y acá estamos luchando y haciendo por seguir adelante. La vida no es facil en ningun sitio, pero con voluntad y perseverancia siempre se sale adelante, eso me enseñaron mis padres y eso es lo que yo le trato de enseñar a mis hijos cada día que pasa.
La aldea la tengo mucho más cerca y me falta tiempo para poder ir, a veces tengo tanta necesidad de hacerlo que me tomo un tren y me estoy en ella aunque sea un par de dias, con eso cargo pilas para seguir adelante. Pero cada vez que llego junto a la carretera aún me parece estar viendo a un padre y su hijo esperando el cohe de linea.


Bienvenidos

Abril 5, 2008

peto de animas de EiradelaEste es un punto de encuentro para todos aquellos gallegos o descendientes de gallegos que por el mundo están.

Pretendo aquí conocer las historias de tantos y tantos gallegos que dejaron el terruño para ir a ganarse la vida más allá de los mares y las montañas.

Historias particulares y únicas de cada uno de ellos que pueden ser contadas por ellos mismos o sus descendientes lejanos o cercanos.

Espero que todos nosotros, gallegos errantes, encontremos aquí un punto en común y una unión a través de nuestras historias.

Saludos y hasta muy pronto!